Desde entonces pudo dedicarse plenamente al ninjitsu, incluidos los pasos prohibidos por sus cánones que el sensei había dado, aparentemente hacía mucho tiempo, pasos por los que la pureza original de la voluntad ninja se había subvertido, haciéndose más cruel y más mundana, sin espíritu, técnicas que eran eternas aprovechadas para una sola ocasión y desechables, pautas que fueron grandes reducidas a una cadena de encuentros, simples y múltiples, sin significado alguno más allá de sí mismos. Él creía que era eso lo que tenía que transmitir, no la elegancia valiente, adquirida con dificultad, de un guerrero, sino la brutalidad, más barata, de un asesino. Cuando LD finalmente lo comprendió, se lo hizo saber.
-En efecto -le dijo él-, esto es para aquellos de nosotros… los que nos hemos quedado aquí abajo entre los insectos, los que no alcanzan plenamente la condición de guerrero, los que con dos décimas de segundo para decidir se equivocan y tienen que cargar con ello el resto de su vida… es para nosotros los borrachos, los furtivos, y para la gente incapaz de sentir con fuerza suficiente para matar si tiene que hacerlo… es nuestro ecualizador, nuestra ventaja… todo cuanto podemos compartir. Porque también nosotros tenemos antepasados y descendientes… nuestras generaciones… nuestras tradiciones.
-Pero todo el mundo es un héroe al menos una vez -le informó ella-, tal vez no te ha llegado la oportunidad.
-LD-san, estás loca -diagnosticó cariñosamente-, quizá ves demasiadas películas. Tus futuros adversarios, aquellos de quienes tendrás que defenderte, no son samurai ni ninja. Son sarariman, posibilistas incapaces de actuar con audacia que desprecian a quienes pueden hacerlo.
Thomas Pynchon, Vineland.