(També publicat a la D-p)
“Fuckin’ fantastic”, les soltó David Balsh, organizador del IPO Festival, después de su concierto en la mítica The Cavern de Liverpool. Ese es sólo un ejemplo, una anécdota decorativa, de hasta que punto lo de The Zinedines es algo más que simple revivalismo de flequillo. Porque en el fondo de toda esa parafernalia sixtie, esa exuberancia en los arreglos y esos coros embelesados se esconde una banda con talento para fabricar buenas canciones de rock. Desde los tiempos de Franckenbooties, la anterior banda de los hermanos Martínez y uno de los grandes mitos del indie local, Manel i Miquel “Pinti” han hecho un camino a la inversa desde el rock de los noventa, nacido para acabar con la saturación melosa de los ochenta, hasta el pop clásico de los sesenta y setenta. “No he oído nada que me suene nuevo después de los Pixies. Todo lo que he escuchado desde entonces me suena a cosa que puedo identificar claramente, quizás por eso he vuelto atrás”, aclara Manel. “En realidad, lo del sonido sixtie es una cuestión de producción, de cómo vistes los temas en el estudio, no de la composición. Puedes hacer las mismas canciones con otros arreglos y producidas de otra manera y te sonarán a otra cosa”.
“Take Me Take Me”, el debut de largo de The Zinedines después de dos Ep’s soberbios, es un collage de guiños a las bases de la tradición pop, no exclusivamente británicas, repleto de destellos de un oficio que va más allá del simple mimetismo estilístico. “Cada canción nos recuerda a una cosa diferente. Para los que no estén metidos, el referente serán The Beatles, pero también hay canciones que nos recuerdan a The Who, los Byrds, The Beach Boys…”, y eso por no hablar de esa pata psicodélica directamente heredada de Syd Barrett y The Incredible String Band. “A la vez, intentamos dar nuestro propio sonido a cada canción. Cada una suena diferente pero hay un nexo común: el sonido The Zinedines”, comenta Manel. Pinti remata: “Además, para nosotros es como rendir homenaje a estos grupos. Es un orgullo que nos digan que recordamos a The Who”. Todo ello gracias a una producción basada en la paciencia y una metodología casi artesanal. The Zinedines siempre están dispuestos a hacer cualquier tontería para encontrar el sonido que quieren: “Le damos muchas vueltas a como grabar, con qué instrumentos. Suerte que en Electric Chair ya nos conocen, porque sino nos habrían echado del estudio”. Se refiere a cosas como meter un clave en el estudio, los sitares o ir a Búger a grabar con el piano de cola de la fundación ACA. El resultado: un disco lleno de matices, unos arreglos imaginativos y, a pesar de los constantes referentes clásicos, capacidad de sorpresa.
Todo eso es la forma, pero después está el fondo. Y el fondo son las canciones, y allí es donde The Zinedines ganan el set y el partido. Y probablemente sea por eso por lo que no encajen del todo bien en la escena revivalista mod (“Les sorprende como vamos vestidos y nuestro directo, más rockero”) y el prestigioso sello americano Rainbow Quartz se haya fijado en ellos. Así que el próximo paso será el salto transoceánico avalados por uno de los sellos más interesantes del pop underground americano. Un merecido premio a los autores de uno de los mejores discos de 2004. Ese llamado “Take Me Take Me” y que me hace sonreír como un imbécil cada vez que escucho la de “Who Wants The Money”. El pop es lo que tiene.