¿Hasta qué punto es necesario que alguien escriba sobre la música? Antes buscaba cierta objetividad a la hora de enfrentarme a un disco. Ahora eso no me parece más que uno esfuerzo elitista por encajonar en el mundo de lo trivial -a pesar de lo que os digan, las cosas importantes de la vida tienen poco de racionales y difícilmente pueden acogerse a los parámetros de la objetividad- algo que pertenece a otro ámbito. La mayoría de grandes discos deben ser comentados desde el terreno sentimental. La diferencia entre un crítico bueno y un crítico malo es su capacidad para argumentar, defender con palabras algo que en realidad es puramente instintivo. Al comprender que no hay nada de objetivo en el asunto, te cortas un poco. Intentas medir tus palabras y ya no vas a la yugular. Y luego está el respeto. Alguien que se gasta su sueldo en instrumentos, su tiempo en ensayar, se sacrifica y traga con toda la mierda que hay que tragar para sacar un disco (y aquí podríamos incluir a músicos y las discográficas indies) me merecen todo el respeto del mundo.
Me sorprende ver últimamente algunas críticas en las que parece que los músicos le debieran algo al crítico, como si cada disco tuviera que salvar el rock’n'roll o algo así; o críticas que van más dirigidas a los críticos que anteriormente han alabado un disco, tirándo abajo sus fundamentos con la tranquilidad que da que no tengan derecho a réplica; o críticas facilonas del plan “eso ya está visto” o “no saben tocar”. A veces parece como si alguien te obligara a comprar sus discos. Es delante de este tipo de críticas cuando entiendo que algunos músicos acusen al gremio de los plumillas de ser unos músicos frustrados. Me doy cuenta de que es mucho más fácil parecer un “crítico musical” cargándose los discos con prepotencia que intentando ser respetuoso y valorar los discos a partir de sus pretensiones, posibilidades y ese ámbito sentimental que te llega o no y que tienes que saber explicar o saltar por encima, pero siempre respetando el trabajo de alguien que ha hecho el esfuerzo por contar algo o al menos aparentarlo.
Hay mala música. Muy mala. Pero a mí la música me encanta y estoy convencido de que hay muy buena música. No soy de los que piensa que todo tiempo pasado fue mejor. No creo que todo esté hecho. Ese argumento también me parece sospechoso por lo reduccionista. Muchas veces cometemos el error de denunciar la mediocridad musical cuando en realidad estamos pensando en lo que conocemos o vemos a simple vista -la MTV, las radiofórmulas, son mediocres, sí; pero debajo del zumbido mainstream hay un oceano de grandes canciones. En última instancia, pienso que hay demasiado música buena como para perder el tiempo hablando de la música mala.
Ayer en el programa de jazz de la radio, Toni Bernat comentó una frase de Cecil Taylor que me pareció una máxima impepinable: “Toda nueva manera de hacer música implica una nueva manera de escucharla”. En realidad cada estilo es un lenguaje en si y juzgar un estilo bajo los parámetros de otro es un error.
A veces, leyendo algunas críticas, escuchando como hablan algunos críticos, me doy cuenta. De repente me digo claramente a mí mismo: “A este tío no le gusta la música”. Así de claro.